El azúcar y sus sustitutivos “naturales”

azúcar

La moda en dietética y nutrición es inagotable. Cuando no nos cuentan que la grasa de la dieta influye poco en el colesterol, es para decirnos que la mantequilla no es tan mala, y cuando no nos dicen que el gluten es perjudicial –aun no siendo celíaco- nos vienen con que hay que tomar trigo sin modificaciones genéticas. Inagotable, eso es.

Afortunadamente, la ciencia es cada vez más cuidadosa a la hora de pronunciarse y es necesario distinguir entre la información veraz y contrastada y los bulos de –por poner un ejemplo- algún programa de televisión supuestamente divulgativo, pero elaborado por un equipo irresponsable que nos cuenta disparates como que ¡no hay que vacunar a los hijos!

Últimamente parece haberle llegado el turno al azúcar, que ha pasado a ser demonizada en beneficio de productos sustitutivos, eso sí, siempre con la sempiterna etiqueta de “naturales”. Hablamos de cosas como los siropes o el azúcar de coco, que nos venden con el reclamo de que “no elevan el nivel de glucosa en sangre”.

Hablemos del azúcar

La pregunta es inmediata: ¿Es tan malo el azúcar? ¿Qué contiene que es así de nocivo para la salud? El azúcar común consta de dos componentes en partes iguales: la glucosa y la fructosa. La glucosa es lo dulce y también la principal fuente de energía de las células del cuerpo. Por su parte, la fructosa es la parte “mala” del azúcar y sólo el hígado puede procesarla.

Tomar demasiado azúcar engorda, como bien sabemos todos. ¿Cuánto es demasiado? Pues más de lo que el cuerpo necesita. Este es el efecto “nocivo” más conocido del azúcar. El otro, menos conocido, es el que produce la fructosa, el otro componente, y es que su exceso puede conllevar que el cuerpo genere resistencia a la insulina y que se eleven los niveles de triglicéridos en la sangre, lo que a su vez incrementa el riesgo de enfermedades cardiacas.

También podría surgir otra pregunta. Fructosa viene de fruta, ¿no? ¿O sea, que el azúcar de la fruta es mala? Y la respuesta es no, no es mala, por la sencilla razón de que la fructosa nos llega acompañada de vitaminas, fibra, agua y minerales, que son componentes que mantienen el nivel de saciedad más tiempo y evitan el efecto negativo de la fructosa pura. De manera que nada de miedo a la fruta.

Pero hay que tener precaución con lo que aparece en las etiquetas, cosas que pueden sonar muy sanas, como jarabe de maíz (con alto contenido de fructosa), siropes orgánicos y cosas parecidas. Todas ellas deben hacernos ser cautos.

La verdad sobre los sustitutos “naturales” del azúcar

Son cosas que, insistimos, suenan muy bien: los siropes de arce o de agave, la miel, el azúcar de coco… Todos ellos tienen dos componentes básicos: glucosa y fructosa, o sea que son azúcares. Y tomar demasiadas cantidades de ellos tiene el mismo efecto que tomar demasiada azúcar: engordan, por un lado, y elevarán el nivel de triglicéridos y generarán resistencia a la insulina, por el otro. No importa que te los “vendan” como sanos. Tomarlos en demasía es perjudicial para tu salud, aunque te digan que son más ricos en vitaminas y minerales. Al fin y al cabo, no es relevante de dónde vienen los azúcares: lo importante es no abusar del azúcar, en ninguna de sus presentaciones.

Por ejemplo, es preferible tomar 5 gramos de azúcar en el café que 1 cucharada (15 gramos de azúcar) de sirope de agave para endulzarlo. Debemos centrarnos en el contenido total de azúcar, no en su procedencia, por natural y saludable que nos parezca. Cualquier alimento que nos resulte más dulce que una pieza de fruta en el momento óptimo de consumo debe consumirse con cautela.